viernes, 1 de febrero de 2013

Todo me da igual.


Todo me da igual. Me repetía esa frase mil veces al día mientras una lágrima caía tras la anterior doliendo todavía un poco más. Yo siempre había sido ese puto patito feo que se escondía bajo un caparazón, guardaba su corazón y solo creía en sus cuentos. Ahora solo intentaba ser el lobo feroz, ser ese depredador que acecha a cada presa que ve, pero que nunca se deja atrapar. Nunca soñé con ser un dios, solo tenía una misión, la de salvar mi pellejo y seguir perteneciendo a este juego sin ser eliminado. Pero cada vez que me encontraba un pequeño bache ya me sentía fuera de él, sentía como caía lentamente por ese precipicio sabiendo que no había nadie abajo para agarrarme, sabía que seguiría cayendo y cayendo y cayendo, como cada día, solo caer. Todo me da igual. Me repetía esa frase, y me la sigo repitiendo… y solo llego a una conclusión… y es que solo me estoy mintiendo.

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