Todo me da
igual. Me repetía esa frase mil veces al día mientras una lágrima caía tras la
anterior doliendo todavía un poco más. Yo siempre había sido ese puto patito
feo que se escondía bajo un caparazón, guardaba su corazón y solo creía en sus
cuentos. Ahora solo intentaba ser el lobo feroz, ser ese depredador que acecha
a cada presa que ve, pero que nunca se deja atrapar. Nunca soñé con ser un
dios, solo tenía una misión, la de salvar mi pellejo y seguir perteneciendo a
este juego sin ser eliminado. Pero cada vez que me encontraba un pequeño bache
ya me sentía fuera de él, sentía como caía lentamente por ese precipicio
sabiendo que no había nadie abajo para agarrarme, sabía que seguiría cayendo y
cayendo y cayendo, como cada día, solo caer. Todo me da igual. Me repetía esa
frase, y me la sigo repitiendo… y solo llego a una conclusión… y es que solo me
estoy mintiendo.
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