‘Mientras ellos resurgían de sus cenizas, yo me estaba
quemando’. Así era mi historia, y he dicho era.
Antes era yo la que siempre seguía con una sonrisa, la que
creía en los milagros, en la buena suerte, en que todo lo que te propongas, lo
vas a conseguir. En que no valía la pena pasarte un día y medio sufriendo
sabiendo que la vida son dos días. Luego un día, de repente todo se volvió
oscuro. Antes mi cabeza controlaba a mi corazón, y le hacía ser feliz, ahora mi
corazón controlaba a mi cabeza y supongo que acabó haciéndome perder el
control. No era yo, no era yo la chica que se miraba al espejo con lágrimas en
los ojos cada noche, la que lloraba en la ducha porque le parecía un poco menos
doloroso, y la que se encerraba en su puto caparazón y se ponía su máscara para
aparentar que todo iba bien, no lo era y me daba asco. Me despertaba sin ganas
de otro día, y así pasaba mi vida, con miedo, y el miedo a veces te hace perder
la vida, porque no es malo tener miedo, lo malo es que controle tu vida, porque
entonces ya no tienes vida, solo miedo. Y así pasaban los días para mí…
Hasta que un día, algo diferente se abrió en mí. En una de
esas muchas noches que me miraba al espejo, me di cuenta de que no entendía
cómo podía haber llegado hasta aquí, aunque en parte lo entendía perfectamente.
Desde ese día aprendí que ser imperfecta era la mayor perfección, y que me
tenía que dar igual lo que los demás pudieran pensar, porque la que importa soy
yo, no ellos. Caí en que no les debía dar el gusto de verme caer mientras ellos
se levantaban. Se acabó el estar al borde del precipicio, esta vez el
precipicio está muy lejos, no tengo presión de dar un paso y poder caer, esta
vez soy libre, esta vez me siento bien.
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